Los perros que viven en zonas rurales del país tienen mayor contacto con pulgas, garrapatas y otros insectos.Foto: Jerson Andrés Cuéllar Sáenz, médico veterinario e investigador de la UNAL.
Agencia UNAL.- A simple vista una pulga parece apenas una molestia menor: un salto fugaz entre el pelaje, una picazón incómoda, un insecto casi invisible. Sin embargo, detrás de esos pocos milímetros se escondería una red compleja de microorganismos y riesgos sanitarios que en Colombia hasta ahora se empiezan a entender.
La investigación sobre enfermedades transmitidas por vectores suele concentrarse en mosquitos y garrapatas mientras que las pulgas han permanecido relativamente fuera del radar científico, pese a convivir —muchas veces de manera silenciosa— con perros, gatos y humanos.
“De las cerca de 2.000 especies de pulgas que existen en el mundo solo algunas han logrado adaptarse a entornos muy cercanos a los humanos y a los animales domésticos. Justamente esas son las que más me interesa estudiar”, explica el médico veterinario Jerson Andrés Cuéllar Sáenz, de la Universidad Nacional de Colombia (UNAL).
Ayudados por los dueños de los animales, los investigadores buscaban las pulgas y luego las llevaban a laboratorio.Foto: Jerson Andrés Cuéllar Sáenz, médico veterinario e investigador de la UNAL.
El proyecto también reunió a investigadores de las Universidades Javeriana, de La Salle y El Bosque, además del Centro Médico de la Universidad de Texas , una colaboración en la que se combinaron salidas de campo, análisis parasitológicos y pruebas moleculares de laboratorio.
Entre 2019 y 2020 el equipo recorrió 24 municipios del occidente de Cundinamarca, especialmente en zonas rurales cercanas al valle del Magdalena, en municipios como Villeta, Anolaima, La Mesa, Tocaima y Guaduas, para inspeccionar perros domésticos y recolectar pulgas.
El trabajo comenzó en carreteras destapadas, veredas dispersas y casas en donde los perros corren libres entre patios, cultivos y corredores. “Íbamos por diferentes casas rurales explicándoles a las personas qué buscábamos con las pulgas y por qué era importante estudiarlas. Muchas veces los mismos dueños nos ayudaron a revisar a sus perros”, relata el experto.
Un salto en la transmisión
El trabajo de campo se realizó en municipios como Villeta, Anolaima y La Mesa.Foto: Jerson Andrés Cuéllar Sáenz, médico veterinario e investigador de la UNAL.
De los 116 perros evaluados —la mayoría de raza criolla— 46 tenían pulgas, y en total se recolectaron 138 bichos.
“Muchos de los perros examinados no tienen pulgas porque hoy los dueños suelen bañarlos o aplicarles tratamientos preventivos. Aunque para la investigación eso significa menos muestras, desde el punto de vista de salud es una buena señal”, añade.
La mayoría de las muestras correspondió a la especie Ctenocephalides felis, conocida como “pulga común del gato”, que pese a su nombre también es la especie más frecuente en perros. Pero lo más importante no está sobre el cuerpo del insecto, sino oculto en su interior.
Mediante análisis moleculares, los investigadores detectaron en 38 de los 46 grupos de pulgas analizados (83 %) ADN de bacterias del género Rickettsia, principalmente Rickettsia asembonensis.
También hallaron Rickettsia felis, una bacteria que ha despertado creciente interés científico por su posible relación con enfermedades transmitidas por pulgas, entre ellas la rickettsiosis, con síntomas como fiebre, dolor muscular a veces intenso (mialgia), dolor de cabeza y erupción.
Aun así, en la publicación de su trabajo el grupo de investigadores insiste en que estos hallazgos se deben tomar con cautela, pues son apenas un primer paso en la exploración de este tipo de pulgas en el país, así como de las bacterias que podrían estar transportando.
Muchos de los perros examinados no tenían pulgas, lo cual representó un reto para muestrear pero una buena señal del cuidado de sus dueños.Foto: Jerson Andrés Cuéllar Sáenz, médico veterinario e investigador de la UNAL.
“Detectar estas bacterias en las pulgas no significa automáticamente que estén causando enfermedades en humanos. Ese es precisamente uno de los grandes interrogantes que todavía existen, por eso se necesita más investigación”, explica el experto de la UNAL.
Lo que sí muestra es que estos microorganismos ya están circulando en el ambiente, una señal epidemiológica importante, pues si se confirma su capacidad patógena, las pulgas actuarían como un puente de transmisión entre animales y humanos.
Un posible nuevo linaje
Otro hallazgo que llamó la atención fue que en el 28 % de las muestras también se detectó ADN de bacterias del género Bartonella, responsables de un amplio grupo de enfermedades infecciosas emergentes y reemergentes.
En distintas partes del mundo estas bacterias se han relacionado con infecciones que pueden afectar la sangre, los vasos sanguíneos e incluso el corazón, especialmente en personas inmunosuprimidas, con cuadros clínicos potencialmente graves como endocarditis —inflamación del revestimiento interno de las cavidades y las válvulas del corazón (endocardio)— o bacteriemias prolongadas (presencia de bacterias en el torrente sanguíneo), entre otros.
Jerson Andrés Cuéllar Sáenz, médico veterinario e investigador de la UNAL.Foto: archivo Unimedios.
Además, al secuenciar una de las muestras, los investigadores encontraron que su secuencia genética no coincidía plenamente con ninguna especie conocida de Bartonella, lo que sugiere la presencia de un posible linaje aún no caracterizado.
“Esta bacteria sigue siendo un grupo muy poco estudiado. Apenas estamos empezando a entender el impacto que tendría en animales y humanos”, señala el investigador Cuéllar.
Los expertos aseguran que más allá del hallazgo molecular, el estudio refuerza el enfoque One Health, que entiende la salud humana, animal y ambiental como sistemas conectados.
“No se trata de estudiar la pulga por un lado, la bacteria por otro y el perro por otro. Todos comparten el mismo ambiente e interactúan permanentemente”, concluye.




